Via Crucis en el Coliseo presidida por el Santo Padre Francisco

coliseo

14 de abril de 2014

Oración del Santo Padre

 

 

Oh, Cristo, dejado solo y traicionado hasta por los tuyos y vendido a bajo precio.

Oh, Cristo, juzgado por los pecadores y entregado por los jefes.

Oh, Cristo, lacerado en las carnes, coronado de espinas y vestido de púrpura.

Oh, Cristo, abofeteado y atrozmente clavado.

Oh, Cristo, atravesado por la lanza que ha traspasado tu corazón.

Oh, Cristo muerto y sepultado, tú que eres el Dios de la vida y de la existencia.

Oh, Cristo nuestro único salvador, volvemos a ti también este año con los ojos bajos por la vergüenza y con el corazón lleno de esperanza:

De vergüenza por todas las imágenes de devastación, de destrucción y de naufragio que se han vuelto normales en nuestra vida;

Vergüenza por la sangre inocente que diariamente es derramado por mujeres, niños, inmigrantes y personas perseguidas por el color de su piel o por su apariencia étnica y social y por su fe en Ti;

Vergüenza por las tantas veces que, como Judas y Pedro, te hemos vendido y traicionado, y dejado solo a morir por nuestros pecados, escapando como cobardes de nuestra responsabilidad;

Vergüenza por nuestro silencio frente a las injusticias; por nuestras manos perezosas para dar y ávidas para arrebatar y conquistar; por nuestra voz estridente para defender nuestros intereses y tímida para hablar de aquellos de los otros; por nuestros pies veloces en el camino del mal y paralizados en los del bien.

Vergüenza por todas las veces que nosotros los obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas hemos escandalizado y herido tu cuerpo, la Iglesia; y hemos olvidado nuestro primer amor, nuestro primer entusiasmo y nuestra total disponibilidad, dejando que nuestro corazón y nuestra consagración se oxidasen.

Tanta vergüenza Señor, pero nuestro corazón tiene nostalgia también de la esperanza confiada de que tu no nos trates según nuestros méritos sino únicamente según la abundancia de tu misericordia; de que nuestras traiciones no disminuyan la inmensidad de tu amor; de que tu corazón, materno y paterno, no nos olvida por la dureza de nuestras entrañas.

La esperanza segura de que nuestros nombres están grabados en tu corazón y que estamos colocados en la pupila de tus ojos;

La esperanza de que tu Cruz transforme nuestros corazones endurecidos en corazones de carne capaces de soñar, de perdonar y de amar; de que transforme esta noche tenebrosa de tu cruz en el alba fulgurante de tu Resurrección;

La esperanza de que tu fidelidad no se apoya en la nuestra;

La esperanza de que las filas de hombres y mujeres fieles a tu cruz sigue y seguirá viviendo fiel como la levadura que da sabor y como la luz que abre nuevos horizontes en el cuerpo de nuestra humanidad herida;

La esperanza de que tu Iglesia buscará ser la voz que grita en el desierto de la humanidad para preparar el camino de tu retorno triunfal, cuando vendrás a juzgar a los vivos y a los muertos;

¡La esperanza de que el bien vencerá a pesar de su aparente derrota!

Oh, Señor Jesús, Hijo de Dios, víctima inocente de nuestro rescate, ante tu estandarte real, ante tu misterio de muerte y de gloria, ante tu patíbulo, nos arrodillamos, avergonzados y llenos de esperanza, y te pedimos que nos laves en el lavacro de la sangre y del agua que salieron de tu corazón traspasado; que perdones nuestros pecados y nuestras culpas;

Te pedimos que te acuerdes de nuestros hermanos asesinados por la violencia, la indiferencia y la guerra;

Te pedimos que rompas las cadenas que nos tienen presos en nuestro egoísmo, en nuestra ceguera voluntaria y en la vanidad de nuestros cálculos mundanos.

Oh, Cristo, te pedimos que nos enseñes a no avergonzarnos nunca de tu Cruz, a no manipularla, sino a honrarla y adorarla, porque con ella Tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y la potencia de tu misericordia. Amén.